La Bisexualidad de la vida y la vida bisexual
por Gustavo Santillán
Para quienes apenas conocid@s en la noche
se fueron para siempre con la luz.
El amor y el placer son más que una necesidad fisiológica o un principio psicológico: son un proceso del cual nacimos y a causa del cual, tal vez, falleceremos. Pero es necesario ampliar tanto sus significados como sus alcances. Sensación corporal o estímulo nervioso, liberación de sustancias o asimilación de energías, son tanto el misterio principal de la existencia como la transparencia básica de la vida. Son la fuente más constante no sólo de bienestar, sino también de dolor. Proporcionan satisfacciones instantáneas, pero también frustraciones duraderas. Nos obsequian momentos de universalidad: somos capaces de contemplarnos a nosotros mismos dentro del cosmos cotidiano del instante. Nos abren la mirada a los gozos terrenales del alma y a las caricias espirituales del cuerpo. Recrean ante los ojos tanto la belleza de la vida como la hermosura de la muerte. Cuando ceñimos la carne de otra persona, en realidad abrazamos todos los cuerpos del mundo. Diabólico o divino, el placer y el amor son los nombres sagrados de la vida.
La modernidad ha predicado primero la represión de los sentidos: la ética puritana del capitalismo. Después, ha facilitado de manera paulatina la liberación de las personas por medio del ejercicio de los derechos individuales. Con la autoridad proporcionada por la conciencia de su valor y por la importancia de su autonomía, el hombre moderno ha desafiado pautas recientes y tabúes inmemoriales, prohibiciones arcaicas y principios saludables. El psicoanálisis ha incentivado el auto conocimiento de la persona, pero sobre todo ha permitido tanto la experimentación sin culpa de nuestras pasiones como la exploración sin miedo de nuestros problemas. No ha descubierto pero sí ha ofrecido una explicación sobre la bisexualidad originaria del ser humano. De ser cierta, el nacimiento nos proporciona la oportunidad de sentir los encantos siempre pasajeros, pero a la vez siempre perdurables, del placer y el amor por encima de identidades o distinciones.
La sociedad nos ha condicionado desde un principio: ha construido normas y erigido rituales. En este sentido, a partir de la cultura judeocristiana el placer se encamina en nuestra civilización hacia la heterosexualidad: el encuentro de los cuerpos distintos es el hallazgo de la complementariedad humana. Necesitamos de la diferencia para llegar a la unidad. Hombre y mujer, padre y madre, masculinidad y feminidad: principios y metáforas que todos tenemos y que todos encarnamos. El resultado del encuentro entre los sexos diferentes es un nuevo ser, convertido con suma frecuencia en el sentido último de la propia existencia.
La homosexualidad ha sido prohibida en algunas civilizaciones desde tiempo inmemorial: es un atentado contra la naturaleza y una falta contra Dios: dos cuerpos semejantes no son complementarios y son infértiles. Pecado o delito, ha sido considerada enfermedad y locura, una aberración cuyo remedio sería en un aspecto la abstinencia y en el otro extremo el asesinato. Castigada a lo largo de los siglos en occidente, no es una supervivencia: es una presencia constante en la sociedad y una opción factible para el placer. Más allá de juicios morales, siempre respetables y doblemente respetables cuando son racionales, es no sólo una opción sino un punto de partida para la construcción de un sentido para la vida. El placer de la semejanza es un placer creador: no engendra vidas, pero aún más importante: ha inspirado obras. La cultura occidental no sólo es una cultura forjada en buena medida por homosexuales, sino una historia marcada por las persecuciones dirigidas contra los creadores de muchas de nuestras libertades. Difícil saber si existe una relación entre el espíritu artístico y la práctica homosexual. No lo es verificar tanto la homosexualidad como la bisexualidad de muchos artistas cuyas obras son el verdadero espíritu de nuestra civilización.
Entre la heterosexualidad legitimada por la ley y la homosexualidad prohibida por la moral, se encuentra la bisexualidad: terreno no tanto de la ambigüedad como de la pluralización del placer. Elegir es siempre eliminar. La bisexualidad, en contraste, se atreve tanto a contemplar con pasión como a sentir con valentía la belleza del mundo, que es siempre dual y nunca unívoca. Si la heterosexualidad es el placer de la complementariedad, la bisexualidad es el placer tanto de la totalidad como de la plenitud. Somos hombres y mujeres: el universo es dualidad. A lo largo de la historia nos hemos empeñado en efectuar distinciones para después buscar la construcción de síntesis. Pero otro camino para construir la unidad del hombre y la mujer consiste en tomar conciencia de la bisexualidad y de su propia dualidad, que no es el pecado original del ser humano sino la posibilidad divina de la naturaleza.
La atracción hacia ambos sexos ha sido omitida a lo largo de la historia. Es una palabra colindante con el silencio, aunque ha sido una práctica constante en la sociedad. Excluida de las leyes aunque presente en los hombres, ha sido comprendida no tanto como una preferencia sino como parte del proceso de definición de identidad sexual de todo individuo. Se consideran, si no sanos, sí comunes las exploraciones sensuales con amigos y parientes del mismo sexo. No obstante, pasado un tiempo determinado dichos contactos se enfatizan como pecaminosos dentro del contexto social mayoritario: son ya no un escarceo que debe ser abandonado, sino el síntoma de una preferencia considerada como un problema. Este es el caso de la homosexualidad. La pervivencia de contactos físicos o empatías emocionales con personas de los dos sexos ha sido un terreno propicio para el silencio y la vergüenza. Con maquinal repetición y demasiada comodidad, se ha visto la bisexualidad como ambigüedad: el individuo no ha construido una preferencia y quiere seguir con una exploración. Asimismo, se cree que se explica por la experiencia de la persona en un ámbito cerrado, iglesia o ejército, donde sólo existe la convivencia con un sólo sexo. Sin demeritar la posible verosimilitud de dicho enfoque, es evidente que la bisexualidad es mucho más que una ausencia de definición o el influjo de una experiencia: es ante todo una presencia en nuestro mundo y sobre todo en nuestra intimidad, una forma de sentir el placer y una manera de experimentar el amor.
La atracción hacia varones y mujeres es propia de todos los seres humanos. Tal vez la preferencia basada en la exclusión de la mitad de la belleza es la verdadera aberración de la moral. Renunciar a la mitad de las posibilidades ofrecidas por el placer y la genitalidad, por la amistad y el amor, por la sensualidad y la sexualidad, es renunciar a más de la mitad de las experiencias propias de la vida. Nuestra identidad se encuentra tanto en el contraste como en el disfrute de los cuerpos masculinos y femeninos: cada uno proporciona goces distintos y éxtasis únicos, instantes parecidos a la eternidad y momentos semejantes a la infinitud. Cada sexo es un mundo y el conjunto de esos dos mundos conforma nuestra intimidad. Si para los medievales los ángeles carecían de sexo, los modernos rebosamos de una genitalidad más allá del género y por tanto muy próxima a la plenitud carnal y la perfección conceptual. La belleza carece de sexo. O mejor dicho: toda belleza es dual y en su dualidad se halla su identidad.
Cada sexo posee un encanto distinto: sus caricias son diferentes y las sensaciones generadas, incomparables. Todos los seres humanos pueden sentir todos los goces. Amar y ser amado en la vida es tan encantador como amar y ser amado en el placer. Sólo hay un verdadero tabú: la represión. La libertad empieza por la intimidad y toda intimidad es en el fondo dualidad: gracias a nuestros dos ojos corporales podemos construir una mirada amplia sobre el mundo que nos rodea y sobre el universo que nos conforma. En su conjunto, los dos ojos nos dan un horizonte con dimensión y profundidad, colores y distancias, proporciones y perspectivas. Por esta causa, en el campo del placer mirar con un solo ojo es observar con la mitad de nuestro espíritu la amputación de nuestra alma. De igual manera, respiramos por un mismo órgano compuesto de dos fosas nasales: gracias a ellas aspiramos el oxígeno enriquecedor de la sangre y gracias a la sangre tenemos calor. Respirar a través de un solo lado es imposible: es absurda una elección. Para tener vida requerimos aspirar el mismo aire a través de dos lados distintos. Escuchamos a través de un mismo órgano compuesto de dos partes idénticas pero ubicadas en lados opuestos. Los oídos nos obsequian silencios y palabras, melodías y conceptos, sensaciones y vacíos, los ruidos de la naturaleza y las creaciones del hombre. Una vez más, es imposible en pleno estado de salud escuchar a través de un sólo lado: oímos nuestras voces y las ajenas por dos lados diferentes y, al mismo tiempo, idénticos. Tenemos dos manos y dos piernas: con ellas construimos objetos y recorremos distancias: somos y estamos. Al mismo tiempo, tanto manos como piernas salvo algunos milímetros son prácticamente iguales: la identidad, en su dualidad, constituye la vida. La bisexualidad permite aspirar con nuestros dos pulmones la perfección de la existencia. La unidad es la aceptación de la dualidad: la noche y el día son dos fases distintas del mismo proceso del renacer cotidiano. Igual el placer e igual el amor: lo que importa no es cómo se generan, sino cómo los sentimos y si realmente los gozamos.
Tanto el cuerpo como la vida es una unidad que es siempre dualidad. Ya se ha dicho que la belleza no posee sexo. Tampoco el amor y menos aun el placer lo tienen: la bisexualidad es el abrazo plural a un mundo diverso. Igualmente cercano y equidistante tanto de la homosexualidad como de la heterosexualidad, ha estado presente en muchos hombres y mujeres a lo largo del tiempo. Alejandro Magno deseaba construir un imperio universal por encima de razas y culturas. Al mismo tiempo, gozaba la infinita belleza humana por encima de definiciones o accidentes. Según Suetonio, Julio César era el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres. El creador del imperio romano gozaba de la unidad primigenia del placer. Científicos y humanistas se han maravillado tanto con los cuerpos femeninos como con los masculinos. Han gozado la fuerza de la mujer y la belleza del hombre, los labios que conocen lo que tocan y los besos que ignoran lo que deleitan, la extraña exquisitez de los ojos masculinos y la evidente voluptuosidad de las formas femeninas, la sensual risa del varón y la tierna sonrisa de la mujer. No han temido ser hombres y mujeres porque se sabían plena y orgullosamente humanos. El placer es en sí mismo bisexual. Los órganos destinados a transmitir las sensaciones no distinguen géneros. Lo valioso no es si nacen al contacto de un hombre o una mujer, sino que construyen una plenitud doblemente compartida: con el cuerpo yaciente a nuestro lado y con nuestra intimidad en un estado cercano a la perfección.
A pesar de sus encantos y no obstante sus derechos, los bisexuales carecen de una identidad grupal, tal como la han construido poco a poco los grupos homosexuales. Se trata de una carencia pero también de un síntoma: la bisexualidad parece reprobable tanto para los heterosexuales como para los homosexuales. Tanto para los unos como para los otros constituye una homosexualidad no asumida o una indefinición evidente. Es curioso observar que es considerada mucho más próxima al mundo gay que a la práctica heterosexual. Pareciera que toda diversidad sexual es ubicada en el extremo contrario de la heterosexualidad. Reprobada por ambos grupos, la bisexualidad se halla en el terreno del silencio y la simulación. Los homosexuales a lo largo del mundo desde hace décadas han empezado a mostrar su rostro sin temor y a reivindicar su derecho al placer. En contraste, los y las bisexuales se hallan fuera tanto del discurso político como de la totalidad de las leyes. Su posición en el centro del espectro sexual, paradójicamente, es sumamente periférica: equidistante de lo hetero y de lo homo, permanece como un hecho aún poco explorado pero sin duda muy vivido a lo largo de la sociedad.
Parece difícil que una persona asuma sin conflicto su atracción dual hacia el afecto y el placer. En el ámbito de la sociedad esta definición parece una indefinición; su preferencia sexual implica una represión homosexual; su identidad, una indecisión; su riqueza, una ambigüedad; su gozo, una confusión; su decisión, un equívoco y su disfrute un lujo pasajero o una práctica clandestina. Bajo esta óptica, con demasiada frecuencia se espera que el tiempo acabe con la bisexualidad de una persona. Se considera relativamente normal la exploración homosexual, pero circunscrita dentro del campo de la experiencia durante una cierta edad y no como una preferencia claramente asumida.
Si la homosexualidad es un tabú moral, la bisexualidad constituye, además, un tabú mental: es omitida no sólo de las leyes sino también de las conversaciones. Pareciera que no existe como concepto y mucho menos como práctica. Se trata de una falsa situación: la bisexualidad es sumamente común, pero los bisexuales parecen extremadamente raros. Aceptar una preferencia es un proceso relativamente normal. Asumir que la base de esa preferencia es una dualidad no lo es tanto. En la bisexualidad se descubren los infinitos matices de una misma caricia en un cuerpo distinto, las múltiples variaciones de un beso o las distintas posibilidades del contacto con unos labios masculinos o una frente femenina. No se trata, evidentemente, de una perversión sino de una experiencia: sentir la unidad del mundo por medio de la dualidad del placer.
El bisexual acepta el placer prohibido de la homosexualidad y al mismo tiempo practica al placer deseado de la reproducción. Tiene la potencialidad de ser tanto amante de otro individuo como padre de un ser humano: padre y pareja de otro hombre. Esterilidad y reproducción, hipotético pecado y supuesta normalidad, autenticidad y paternidad se dan la mano en la espiral interminable del placer puro y la perpetuación de la vida. La bisexualidad es la máxima entrega: ofrece nuestro ser con ambas manos y con todo el espíritu. Queda en nosotros lo que en nosotros se derrama: una vitalidad que al traspasar fronteras encuentra sus múltiples identidades. Los hombres y las mujeres no son opciones excluyentes sino elecciones complementarias: descubrimos que cada sexo es un lenguaje y cada lenguaje un universo alterno al mundo de la materia y la memoria. Se disfruta la belleza, pero ante todo se goza la verdad de la belleza: la indeclinable unidad del amor humano. Las limitaciones son amputaciones: descubrir la otra mitad del mundo equivale a disfrutar la dualidad de hombres y mujeres. Se trata de una mirada que no se avergüenza de gozar a cada instante nuestro entorno con la carne y la palabra, con los dos brazos del placer y con las dos manos de la sensibilidad.
Seguramente los bisexuales no son más inteligentes o menos estúpidos que los homosexuales o los heterosexuales. Sin embargo, quizá tienen por lo menos en potencia la capacidad para trascender la belleza amputada por las definiciones sexuales e intuir la plenitud sensual de la pureza estética. Más allá del falo y la vagina, se encuentran los ojos y los brazos, los oídos y la carne esperando sentir por un instante un cuerpo deseado o estar, aunque sea por un momento, con la persona anhelada. Las distinciones permiten pensar el mundo; pero las diferencias sexuales convertidas en abismos nos impiden sentir a cabalidad quienes somos y entender a plenitud con quienes convivimos.
La liberación de la sexualidad no puede prescindir de la aceptación de la bisexualidad. La homosexualidad, reprimida y castigada con hierros y cadenas, poco a poco recupera su antigua libertad. La mujer, oprimida como bestia aunque alabada como virgen, paulatinamente retoma su dignidad y autonomía. No obstante, la bisexualidad permanece en un silencio equidistante de la condena y la aceptación. Susurro y secreto, es un doble desafío: a las identidades establecidas y a las definiciones aceptadas. Pero revisar la historia permite intuir el futuro: un porvenir donde las preferencias sexuales sean ante todo decisiones sagradas dentro de un mundo secular. La conquista de la igualdad comienza por la liberación de la intimidad.
Entre las sutilezas de la oscuridad y los matices de la luz, se construye la pureza de la carne y la transparencia de la vida. La bisexualidad permite al hombre y la mujer entrelazarse de manera libre y de forma auténtica en una misma preferencia y en una sola identidad. La bisexualidad no es una ambigüedad sino una decisión. Esta preferencia asume una verdad elemental: tanto el deseo como el amor son las realidades básicas de la carne y el espíritu. Renunciar a la mitad del cuerpo es renunciar a la mitad de nuestra alma. Aceptar la dualidad de nuestro ser no es fácil, pero es necesario. No es popular, pero es enriquecedor. Si cada bisexual se atreviera a asumirse de manera pública, podría gozar sin pecado toda su gozosa intimidad. Es más fácil renunciar a nuestras ambiciones profesionales que a nuestras necesidades afectivas. Decidirse a tocar la mano de un semejante por encima de su sexo equivale a poder sentir el alma de un ser humano más allá de su cuerpo.
El descubrimiento de la bisexualidad es indistinguible de la construcción de la personalidad. Más allá de sus causas y sin desconocer sus orígenes, lo importante es aceptarla plenamente porque gracias a ella muchos seres humanos pueden vivir a plenitud. En ocasiones se tiende a circunscribir la bisexualidad dentro de ciertos casos que explican pero también limitan nuestra percepción de este hecho. Sin duda muchas investigaciones son indispensables para comprender estas situaciones cotidianas. Pero sin obviar sus conclusiones, es preciso subrayar los derechos de las personas a una libre elección de preferencia sexual. Se trata de un proceso que en el aspecto legal es sumamente complejo: la bisexualidad aceptada por las leyes implicaría modificar muchos preceptos acerca de los matrimonios y sobre todo muchas concepciones sobre la sexualidad de los individuos. Sin duda ha de ser un proceso sumamente paulatino. Pero es indispensable dar un paso resuelto para iniciar ese proceso dignificador. Ese paso se da primero no en las calles sino en las conciencias: no a través de consignas sino por medio de reflexiones.
La lucha por el reconocimiento de la bisexualidad se inserta en un primer plano dentro de la lucha por el respeto a la diversidad. Los homosexuales y transexuales merecen los mismos derechos que los heterosexuales porque tienen las mismas obligaciones. La ciudadanía carece de toda relación con la sexualidad. No obstante, la bisexualidad también tiene otro horizonte: repensar las identidades genéricas de las personas y reconsiderar las prácticas colectivas de las sociedades. No se trata únicamente de un tema de diversidad sexual, sino ante todo de pluralidad humana: la bisexualidad, al igual que la homosexualidad, no se reduce a genitalidad. s necesario considerarla no como el derecho a tener relaciones íntimas con quienes nosotros deseemos, sino ante todo como la libertad de construir una cultura que no sólo respete sino que integre a todos los hombres por encima de sus preferencias. Se trata no sólo de propiciar el respeto a la pluralidad, sino ante todo de construir y aceptar una cultura plural.
A lo largo de la historia el goce del poder ha sido indistinguible de la autoridad sobre el placer. Muchos libros se han escrito y aún más investigaciones se han realizado sobre este tópico. Un genuino Estado liberal es ante todo un Estado respetuoso de la sexualidad. Eliminar las prohibiciones legales es importante: cambiar los hábitos mentales es urgente. Por tanto, la lucha contra la discriminación es una lucha integral. Es decir: se trata no sólo de un combate que elimine restricciones, sino ante todo de una educación que construya horizontes. La lucha por la intimidad de los individuos es una lucha por la conciencia de las sociedades.
Alejado tanto del esteta como del hedonista, el bisexual desarrolla una vida donde la atracción por los dos sexos es una realidad o una potencialidad. Salir con un hombre o con una mujer son experiencias igualmente sutiles y totalmente irrenunciables. Permite contemplar la existencia desde ángulos distintos a partir de un mismo punto de vista. La bisexualidad proporciona visiones diferentes sobre hechos semejantes: tomar la mano de nuestra pareja es siempre tomar el pulso tanto a nuestra intimidad como a la sociedad. Los matices de la oscuridad permiten ver las sutilezas de la luz: los rostros anhelantes de placeres en ocasiones aceptados y a veces prohibidos pero siempre sugerentes. Entre la diferencia y la semejanza, entre la homosexualidad y la heterosexualidad, se construye un espacio para la aceptación de la pluralidad interna de nuestros sentimientos. No hay mayor sinceridad que nuestra actitud ante la sexualidad.
La bisexualidad conduce con alguna frecuencia a una doble vida. El matrimonio y los hijos, la novia o la prometida, son elementos comunes. Para muchos, se trata de un engaño o una apariencia, una mentira o una coartada. Sin despreciar estas situaciones, también es cierto que un bisexual no es un homosexual reprimido. Necesita potencialmente de ambos sexos para sentir a plenitud su propia vida. Su preferencia es en realidad una integración de dos opciones. Quizá se compromete de manera pública con una mujer. Pero mantiene su preferencia por los hombres. Esta doble vida lastima a quien la lleva y sin duda hiere a su pareja. La solución no es elegir la homosexualidad o la heterosexualidad. El problema no es sólo el individuo: el problema es la norma social. La solución es la aceptación de la bisexualidad. Fruto de una neurosis o de una experiencia, merece el mismo respeto que cualquier otra decisión del ser humano.
Casi nadie habla de lo que todos desean. El puritanismo sexual ha sido decididamente combatido y afortunadamente derribado a lo largo del siglo XX. Ya se habla en voz alta de lo gozado en muchas ocasiones entre el grito y el silencio: homosexualidad y masturbación, sexo oral y sexo extramarital. No obstante, la bisexualidad aunque científicamente vista como una preferencia, es socialmente poco discutida como una posibilidad. Quizá porque más que una preferencia sexual es una radical aceptación de la naturaleza humana.
El diablo es, según la teología cristiana, dualidad. En este sentido, la bisexualidad es percibida evidentemente no como satánica pero sí como claramente peligrosa. Pone entre signos de interrogación los principios de la masculinidad y la feminidad. Cuestiona los mitos sobre los sexos. Enfatiza la importancia de la construcción de los géneros. Interroga sobre la represión de la sexualidad. Responde por medio de la aceptación de la dualidad a la pregunta primigenia sobre el amor y el placer. Castigada por la heterosexualidad y menospreciada por la homosexualidad, se levanta como un espacio donde múltiples hombres y mujeres viven a plenitud su propia dualidad. El ser unilineal es matizado por la opción bisexual. Cada hombre y cada mujer son casos vivos de pluralidad interna y de diversidad sensitiva. La capacidad de establecer relaciones eróticas o comunicaciones afectivas tanto con hombres como con mujeres es la capacidad potencial de todo ser humano de entregarse al semejante universal que tiene el mismo corazón que nuestro cuerpo. Si el amor es entrega, la bisexualidad es una doble entrega desde la diversidad de nuestra carne y la unicidad de nuestra alma. Se trata de la posibilidad de gozar las zonas íntimas de nuestra alma por medio de las partes sexuales de nuestro cuerpo. Quien ama sin medida ama sin distingos. Quien es capaz de darse por completo se enriquece sin medida. Ni heterosexuales confundidos ni homosexuales reprimidos, los bisexuales constituyen no tanto una comunidad como una conciencia sobre las fronteras auto impuestas por las culturas a la sensibilidad de los hombres. Quien ha sentido las distintas formas del placer y la pureza ha gozado la unicidad del corazón. El atrevimiento es grande y el castigo enorme: el rechazo tanto de las sociedades como de los guetos, estar fuera de los estudios científicos y sobre todo de los derechos civiles. La homosexualidad ha sido castigada en diversas culturas. La bisexualidad, en contraste, ha sido siempre terreno omiso para las normas jurídicas. No existe para la ley, aunque su práctica es un íntimo ejercicio de la libertad.
La bisexualidad no es un apetito sin fin de un placer sin distingos. No es un ávido afán de relaciones carnales sin importar géneros o distinciones. No es una pasión incontrolada o un conjunto de compulsiones, sino una sed de amor y una capacidad de entrega. Es la posibilidad de dar cariño sin importar el sexo. El bisexual no es quien todo acepta y a todo accede: asiente y rechaza, evade y examina. No es una renuncia a la decisión, sino un enriquecimiento de la capacidad para entregar lo que somos recibiendo a cambio una parte de lo que carecemos. El bisexual no consiente todo de principio: es capaz de explorar sin prejuicios y de aplicar sus criterios para elegir sus placeres. No es un monstruo pansexual sino un ser humano que, precisamente, ha trascendido las fronteras de las identidades para sentir con libertad el cuerpo y el espíritu. No está necesariamente entregado a una búsqueda sin fin de un placer sin objeto. Está definido sobre su capacidad de amar a otras personas por encima de los géneros. La bisexualidad es la potencialidad de amar al hombre y la mujer sin culpa ni vergüenza. Así, el mito platónico de los seres andróginos es susceptible de ser reinterpretado desde la opción bisexual: la parte faltante de nuestro ser, esa búsqueda de la plenitud que es el encuentro del amor, se halla no solamente en un hombre o una mujer sino en uno y otro. El placer de la diversidad proporciona una sensación de totalidad. El hallazgo de la unidad es la aceptación de la dualidad.
Antigua como el hombre y desafiante como el placer, la bisexualidad constituye una zona de silencio en medio de la retórica moderna en torno a la liberación de lo sentidos y la autonomía de las personas. Omitida por la ciencia y ocultada por la sociedad, es gozada por una porción nada despreciable de la humanidad. Elegirla no es una vergüenza; aceptarla no es necesariamente una obligación. Pero la construcción de una cultura plural implica la aceptación de una sexualidad diversa. La bisexualidad está interrelacionada con la hetero diversidad: las distintas maneras tanto de hombres como de mujeres para experimentar su ser con sinceridad. Es difícil saber si pronto el mundo moderno aceptará la bisexualidad. Pero más allá de normas legales y convenciones sociales, se encuentra tanto la intensa dualidad del placer como la unidad primigenia del ser humano.